La ética de la vacunación

Por Lluis Montoliu, el 29 enero, 2021. Categoría(s): tribuna de opinión
Una persona es vacunada contra la COVID-19. Imagen: UN News

Lo hemos visto infinidad de veces en películas que nos hablaban de pandemias. La picaresca, las trampas, las peleas para conseguir una vacuna antes que el otro, el saltarse los turnos, el mercadeo de las vacunas, las ventas de las mismas al mejor postor, los acuerdos que no son transparentes. Ahora todo esto ocurre en el mundo real. Resulta muy difícil de aceptar que la campaña de vacunación sea más compleja que el desarrollo de la vacuna contra la COVID-19, un hito científico y biotecnológico sin precedentes logrado en un tiempo récord. La COVID-19, causada por el coronavirus SARS-CoV-2, es una pandemia. Afecta a todo el mundo. Y, por lo tanto, la solución a esta pandemia debe ser global. De nada sirve vacunar a Europa y EE.UU. sino vacunamos en igual medida a África o a Sudamérica. Y, en nuestro rincón del mundo, de nada sirve vacunar exhaustivamente a un país europeo sino podemos vacunar adecuadamente al resto. Así no vamos a erradicar ni a controlar esta pandemia.

¿Qué nos dice la ética de la vacunación? Recordemos que la ética nos ayuda a resolver dilemas frente a valores (lo que hemos decidido como sociedad que está bien o mal) que entran en conflicto. El cuarto de los principios de la bioética (la ética aplicada a las ciencias de la vida) es el de justicia. Que todo aquel desarrollo terapéutico, toda vacuna o tratamiento desarrollado para mejorar la salud de las personas debe ser accesible a todo el mundo, sin distinción de género, de origen, de edad, de estado social, de nivel económico. Y ya vemos que con la campaña de vacunación de la COVID-19 a nivel mundial este cuarto principio está saltando por los aires.

El mismo Secretario General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) recuerda que no es aceptable que algunos países occidentales reserven y acumulen millones de dosis, en número superior a las que necesitan para vacunar a su población (y que, entre ellos, algunos consigan más vacunas y más rápidamente, pagando un importe superior), mientras que otros países en vías de desarrollo apenas hayan conseguido unos pocos centenares de dosis, absolutamente insuficientes para sus necesidades.

Pero de entre todas las situaciones que pueden darse en una campaña de vacunación ha sorprendido en nuestro país la aparición de personas, la mayoría con cargos de responsabilidad, de todas las administraciones y de todo el espectro político, que se han saltado los turnos establecidos y se han vacunado antes de tiempo, cuando todavía no estaban vacunadas todas las personas del primer grupo, los residentes y personal sanitario y sociosanitario de las residencias de personas mayores y de atención a grandes dependientes. O las del segundo grupo, el personal sanitario y sociosanitario de primera línea, tal y como especifica la estrategia de vacunación COVID-19 en España. Esto esta mal, es moralmente inaceptable, sin excusas.

Pero ahora surge la duda de si debemos administrarles a estas personas la segunda dosis o no. Y la ética de la vacunación sale en nuestra ayuda. Estas personas deben recibir la segunda dosis, porque es mayor el bien que obtenemos al vacunarles (protegiéndoles a ellos y al resto de la población) que el daño que ellos cometieron a la sociedad al vacunarse antes de tiempo, o que el daño que causaríamos a la sociedad al interrumpir el protocolo de vacunación y ponerles en riesgo a ellos y a su entorno. Es por lo tanto éticamente recomendable administrarles la segunda dosis, con independencia que reciban un castigo, repudio o penalización administrativa, social o económica, que pueda conllevar sanciones, multas, dimisiones o ceses. Estos infractores siguen teniendo el derecho a ser (correctamente) vacunados, por inaceptable que haya sido su conducta. Éticamente, no podemos penalizarlos dejándolos sin la segunda dosis de la vacuna, sin completar el proceso, donde además acabaríamos perdiendo las dosis ya administradas y, al trasladarlos a la cola de vacunación, acabarían recibiendo, de nuevo, las dos dosis y habríamos malgastado la primera.

Necesitamos poner sobre la mesa conceptos tales como solidaridad, justicia y generosidad. Necesitamos que el protocolo COVAX lanzado desde la OMS se aplique, que los países ricos adquieran o ayuden a adquirir vacunas para los países menos favorecidos, que les cedan sus excedentes que no vayan a utilizar. Necesitamos humanizar la administración de vacunas contra la COVID-19 para que estas lleguen a todo el mundo, equitativamente, siguiendo los protocolos que se establezcan, atendiendo primero a quienes más las necesitan. Necesitamos, en definitiva, también durante la campaña de vacunación, no olvidarnos de la ética.

 

Este artículo lo escribí como tribuna de opinión para Materia – El País, y apareció publicado  el 29 de enero de 2021.



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Por Lluis Montoliu, publicado el 29 enero, 2021
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