Un Nobel perdido para la ciencia básica española

Por Lluis Montoliu, el 7 octubre, 2020. Categoría(s): edición genética • historia de la ciencia • Premio Nobel
Una imagen que no pudo ser: Francis Mojica entre los premiados del Nobel 2020 Ilustración de Pelopantón.

La Real Academia de las Ciencias sueca ha decidido hoy otorgar el Premio Nobel de Química 2020 a dos investigadoras, Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, por “el desarrollo de un método de edición genética”. Lo primero es dar la enhorabuena a las dos científicas galardonadas, quienes reciben el mayor reconocimiento de forma muy merecida. Mi alegría por el premio a las herramientas CRISPR de edición genética (que es lo que en realidad se oculta y está implícito en el escueto mensaje con las razones del premio) va pareja a mi enorme decepción al ver que Francisco Juan Martínez Mojica, Francis Mojica, microbiólogo de la Universidad de Alicante, no está entre los premiados, como debiera.

También hay que decir que Charpentier y Doudna fueron quienes propusieron que estos sistemas de defensa de microorganismos podrían usarse como herramientas de edición genética, pero no fueron las primeras en demostrarlo. Este mérito lo tienen los investigadores Feng Zhang y George Church, quienes desde Boston publicaron sendos artículos en enero de 2013 realmente confirmando que las ideas de las dos investigadoras podían llevarse a la práctica.

Y muchos otros investigadores (en mi página web yo resalto hasta 12) que fueron indispensables para que este sistema ancestral de defensa de los seres más simples que viven sobre la Tierra, las bacterias, se convirtiera en la navaja suiza multiusos de los genetistas que es ahora la herramienta CRISPR, con la que los investigadores hacemos el recorta, pega y colorea de genomas a voluntad, con una precisión nunca antes vista y con unas aplicaciones y expectativas, en biología, biotecnología y biomedicina cuyo límite es solo nuestra imaginación como científicos.

Esta es la enorme relevancia que tienen estas herramientas. Y para ello hay que conceder el crédito debido a todos quienes contribuyeron a que las CRISPR fueran una realidad. Naturalmente premiando a Doudna y Charpentier, quienes primero se percataron de su uso potencial como editores genéticos. Pero por supuesto también al primer investigador que las descubrió en arqueas (microorganismos parecidos a las bacterias) en las salinas de Santa Pola, en Alicante. Francis Mojica describió los primeros sistemas CRISPR en 1993 en estos microorganismos. Esta rareza le interesó y siguió investigando sobre ellos. En 2002 se le ocurrió el acrónimo CRISPR (que traducido del inglés describe la estructura de estas secuencias repetidas encontradas en el genoma de estos microorganismos), que ha hecho fortuna y está hoy en boca de todo el mundo. ¡Esta palabra se inventó en Alicante!

En 2003 Francis Mojica tuvo su particular momento ¡Eureka! y se dio cuenta que en realidad estos sistemas CRISPR eran unos sistemas de defensa muy eficaces y sofisticados que las bacterias y arqueas habían desarrollado durante miles de millones de años para defenderse de sus atacantes, los bacteriófagos, los virus que infectan a bacterias y arqueas. No pudo publicar su observación seminal hasta 2005 y este fue el artículo que leyeron Doudna y Charpentier, y muchos otros investigadores. Ese artículo de Mojica de 2005 fue el que sentó las bases, el que disparó la cascada de descubrimientos posterior que permitieron describir todos los elementos de los sistemas CRISPR bacterianos, algo en lo que participó especialmente Charpentier, para finalmente llegar al 2012 con la propuesta de que podían sacarse estos sistemas de contexto, y podían aplicarse en otros seres vivos, actuando como herramientas de edición genética.

Nada de lo que ocurrió después de 2005 en el universo CRISPR se puede entender sin la contribución esencial de Francis Mojica, y la de otros muchos investigadores. Doudna y Charpentier bebieron de las fuentes de la investigación básica, la no finalista, la que no persigue resolver ninguna aplicación sino intentar explicar una pequeña porción del mundo que nos rodea. Esa es la belleza y la grandiosidad de la contribución de Mojica, y esa es la serendipia científica que lleva, años después, a estas dos investigadoras a fundamentar su propuesta ciertamente revolucionaria y ahora, hoy, a recibir el merecido premio Nobel.

Tengo una enorme alegría por el premio, por el reconocimiento implícito a las herramientas CRISPR, pero una no menos importante decepción por haber dejado a Francis Mojica fuera de los premiados. Es injusto y no se correlaciona con el relato real de cómo surgieron estas investigaciones. En 2008, el premio Nobel de Química fue para la proteína verde fluorescente (GFP, en sus siglas en inglés), y además de premiar a dos investigadores que desarrollaron esta herramienta hoy insubstituible en muchos estudios biomédicos, decidieron premiar a un investigador japonés que en los años 60 fue quien decidió purificar esta proteína de las medusas que resplandecían en la noche en el océano Pacífico. Ese papel es el que debería haber jugado Mojica.

Este lamento es ya irreversible, tendremos que aceptar la decisión del jurado. Estoy seguro que Francis Mojica se ha alegrado mucho porque el premio haya sido concedido a las CRISPR, que él descubrió y describió, y por las investigadoras premiadas. Cuando a uno le dan un premio hay que agradecerlo, y cuando no se lo dan hay que felicitar a los galardonados. Y punto. Sin embargo, cuesta muchísimo tener un investigador en posición de ser nominado o premiado con un Nobel. Me consta los esfuerzos de muchas instituciones españolas y de muchos científicos que hemos apoyado y difundido el trabajo de Francis por todo el mundo. Ahora bien, me quedo con la duda: ¿hemos hecho lo suficiente?

Este artículo lo escribí como tribuna para Next-Ciencia en VozPopuli y apareció publicado el 7 de octubre de 2020.



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