Mentores en ciencia

Por Lluis Montoliu, el 7 junio, 2020. Categoría(s): albinismo • ética • experimentación animal • historia de la ciencia • integridad científica • pigmentación • transgénesis
Prof. Dr. med. Günther Schütz (1940-2020). Fotografía: DKFZ

En la carrera profesional investigadora, tan complicada y llena de obstáculos, es muy importante haber tenido un mentor, un investigador o investigadora que haya influido positivamente en ti, determinando de alguna manera el (buen) rumbo de tu progresión como científico o científica. Creo que todos los que nos dedicamos a esta fantástica profesión podemos reconocer al menos un/a mentor/a que ha sido referente en nuestras carreras científicas. Personas que nos han impactado, influenciado, y que han dejado su huella en nosotros. Investigadores e investigadoras que han significado mucho en nuestras vidas, tanto a nivel profesional como personal. Creo que no hay mayor suerte en ciencia que el haber tenido un buen maestro o maestra, en el mejor sentido de la palabra, haber sido sus discípulos, en el sentido Cajaliano del término. Alguien que implícita o explícitamente nos ayudó a iluminar el camino que luego hemos seguido.

Esta semana pasada yo he conocido una noticia triste, la pérdida de uno de los mentores más importantes en mi carrera científica, una persona que fue mi referente, en mi etapa de investigador postdoctoral en el extranjero. Una persona a quien estoy seguro debo mucho de lo que soy y de lo que he podido llegar a hacer como investigador independiente. El 28 de mayo falleció Günther Schütz, a los 80 años. Desde 1980 y hasta 2015 había liderado ininterrumpidamente su laboratorio en el DKFZ (Deutsches Krebsforschungszentrum, German Cancer Research Center), en Heidelberg (Alemania). Esto significa que estuvo 35 años liderando un laboratorio innovador, altamente competitivo y productivo, en biología celular, molecular y transgénesis en mamíferos, fundamentalmente ratón.

Günther Schütz era un investigador muy conocido y respetado en el campo de la biología celular y molecular. Muchos investigadores pueden incluir en sus CVs publicaciones conjuntas con él, en alguno de sus múltiples estudios sobre expresión génica en mamíferos, sobre genómica funcional de ratón, con especial énfasis en la familia de los genes que codifican los receptores esteroides (de estrógeno, progesterona, glucocorticoides, mineralocorticoides…), para los cuales obtuvo y analizó los correspondientes ratones mutantes, knockout y condicionales, que han sido usados profusamente en la literatura, y le reportaron fama, prestigio y reconocimiento en el campo.

También fue un apasionado de las nuevas tecnologías, siempre atento a cualquier movimiento en el campo o avanzándose con ideas que luego triunfaron. Su laboratorio fue durante años fuente de métodos innovadores en embriología molecular del ratón, en transgénesis, en el desarrollo de técnicas para la modificación genética de mamíferos. Por ejemplo, una de las técnicas que tuvieron más impacto (antes de la llegada de las herramientas de edición genética, de las CRISPR en particular) fue la puesta a punto de la tecnología de cromosomas artificiales en ratones transgénicos. Primero con YACs (Yeast Artificial Chromosomes) y luego con BACs (Bacterial Artificial Chromosomes). Efectivamente, toda esa revolución empezó en su laboratorio del DKFZ en Heidelberg en 1992 y tuvo su éxito más recordado un año más tarde, con la publicación de los primeros ratones a los que se les había introducido un enorme cromosoma artificial de levadura con más de 250.000 pares de bases, que incluía una copia funcional del gen de la tirosinasa que consiguió restaurar perfectamente la pigmentación perdida de ratones albinos. Yo me enorgullezco de haber formado parte del equipo que lo logró por vez primera. Pero no creo que lo hubiéramos conseguido sin el apoyo, estímulo y ánimo constantes de Günther.

Fotografía que ilustraba una noticia breve en el semanario FOCUS en la que mostrábamos el primer ratón (el que sostiene Günther Schütz, izquierda, pigmentado) portador de un cromosoma artificial (YAC), mientras que yo (derecha) sostengo un ratón albino de la cepa mutante que usamos para restaurar la pigmentación reintroduciendo el gen de la tirosinasa dentro de ese YAC de 250.000 pares de bases. Fotografía: FOCUS, nr. 12, 22 de marzo de 1993.

Ese éxito que tuvimos al lograr introducir tal cantidad de material genético exógeno en un ratón, a través de un cromosoma artificial, me permitió, gracias a los contactos que tenía Günther con los medios de comunicación, participar en la que probablemente fuera una de mis primeras incursiones oficiales en el mundo de la divulgación científica. El semanario alemán FOCUS se interesó por nuestros ratones y acudió al DKFZ para una sesión de fotografías (recuerdo las muchas fotos que nos tomaron hasta conseguir una en la que se vieran bien los dos ratones, el pigmentado y el albino, y nosotros dos, y las risas que nos echamos intentando evitar que los ratones estuvieran tranquilos y no nos mordieran, ¡ni se escaparan!). El resultado fue una pieza breve, media página, en el número de marzo de 1993, hace más de 27 años.

Yo estuve con Günther primero durante el verano de 1989, antes de que las dos Alemanias se reunificaran, realizando una estancia predoctoral formativa, y luego, como investigador postdoctoral, entre 1991 y 1995, cinco años que cambiaron mi vida para mejor. Llegué como biólogo molecular de plantas (había realizado la tesis con Pere Puigdomènech (otro de mis mentores y referentes, en la etapa predoctoral, hoy ya retirado del CRAG, pero activo en los medios de comunicación), en el CID-CSIC de Barcelona, en genética molecular del maíz), acompañado de mi mujer Montserrat, y salí como genetista de ratón, y con dos hijos nacidos en Heidelberg. Una transformación total que me permitió construir, en lo profesional, lo que sería mi carrera científica futura, y, en lo personal, nuestra familia actual. La serendipia, que explica tantas de nuestras acciones y sucesos en ciencia, me llevó a conocer a Günther, que había coincidido en Berlín con Pere, en una etapa anterior, a finales de los años 70 y, por ello, fue Pere, mi director de tesis, quien me recomendó realizar mi estancia predoctoral en el extranjero en Heidelberg. Y, con ello, propició que el laboratorio que elegí para mi primera etapa de investigador postdoctoral fuera el de Günther Schütz.

Günther recibió en 1988 el premio de investigación más prestigioso que se otorga en Alemania, el Leibniz Preis (5 millones de marcos alemanes, equivalente hoy a 2.5 millones de Euros, para investigación). Esta enorme cantidad de dinero (¡en 1988!), que sería seguida de una infinidad de proyectos diversos financiados al más alto nivel durante años, catapultó a su laboratorio e hizo florecer una increíble creatividad y libertad entre los investigadores que pasamos por su laboratorio, algo que recuerdo con admiración y envidia. Todos teníamos libertad absoluta para desarrollar nuestras ideas, para intentar experimentos imposibles, para probar esto, aquello y lo de más allá. Recuerdo que Günther, al incorporarte a su laboratorio, te ofrecía uno o varios proyectos en los que implicarte, y luego solía añadir, «other than that, just go and enjoy doing good science» («a parte de esto, ve y disfruta haciendo buena ciencia»). Probablemente ese espíritu y esa atmósfera fueran las responsables del éxito de muchos de los que pasamos por allí, investigadores que hoy lideramos laboratorios independientes en todo el mundo. Ese es su mayor legado.

Yo he intentado incorporar en mi laboratorio, tanto como me ha sido posible y he sido capaz, lo que aprendí con Günther, mi mentor.



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