
Estamos de luto en Biología, y también en Química y en la combinación de las mismas, en Bioquímica y su derivada, la Biología Molecular. El jueves 6 de noviembre falleció James Watson (1928-2025), a los 97 años. Y rápidamente se nos mezclan en la memoria sus méritos y virtudes, pero también sus maldades. Como toda persona, como cualquiera de nosotros, somos seres complejos. Difícilmente alguien es completamente intachable ni totalmente despreciable, somos una amalgama de comportamientos y acciones, que nos definen, y producto de todas ellas. Desde el viernes aparecen en las redes sociales y medios de comunicación desde panegíricos loando las enormes aportaciones de Watson a la ciencia hasta artículos condenatorios que destacan sus opiniones indefendibles que contaminaron la parte final de su carrera. En mi humilde opinión deberíamos diferenciar sus aportaciones a la ciencia de las acciones e ideas manifestadas como ser humano. Nos encanta pensar que todos aquellos artistas o científicos que destacan por sus aportaciones fundamentales a la historia de la humanidad deben ser también un dechado de virtud. Y la realidad es siempre más complicada.
A mi me sigue conmoviendo plantarme delante del Guernica de Picasso en el Museo Reina Sofía. Es un cuadro que transmite todo el horror de la guerra civil. Y sigo disfrutándolo incluso después de saber que Picasso fue un maltratador psicológico de sus mujeres. No por tener esos comportamientos reprobables deja de ser uno de los mejores pintores de la historia.
Uno de los libros que más disfruté en mi juventud fue «El tambor de hojalata«, obra cumbre antibelicista de Günther Grass, publicada en 1959, que explica lo acontecido en la segunda guerra mundial a través de la mirada y las vivencias de un niño. La película fue llevada al cine en 1979 por Volker Schlöndorff y ganó un Oscar. Y sigo pensando que tanto el libro como la película son magistrales, aún después de conocer que Grass confesó haber colaborado con el régimen nazi en su juventd durante la segunda guerra mundial.
James Watson ha sido una figura irrepetible. Inteligente, valiente, sagaz, astuto, de verbo fácil, misógino, soberbio, con facilidad para la humillación o para lanzar comentarios hirientes, sorpresivos, a diestro y siniestro. Junto a Francis Crick forma una de las parejas más famosas de la historia de la bioquímica. Watson y Crick es un par de apellidos que me atrevería a decir que la mayor parte de la sociedad conocen, o han oído alguna vez. El motivo es obvio. En 1953 publicaron su obra cumbre en la revista Nature, un artículo de apenas dos páginas (en realidad una página y unas pocas líneas de la segunda página) y una sola figura que cambió para siempre la historia de la ciencia. En ese artículo describían la estructura del ADN, como una doble hélice, antiparalela, complementaria, con una sucesión de surcos mayores y menores, lo cual explicaba la perpetuación de la secuencia del ADN al replicarse, la transferencia de información, algo absolutamente genial que nos metió en una nueva etapa de la biología: la biología molecular. Watson tenía entonces solamente 25 años. En el mismo número de Nature aparecían dos artículos adicionales con muchos más datos de la estructura del ADN, cuyos autores eran Wilkins y dos colegas más, y Franklin y su estudiante de doctorado Ray Gosling.

Al final del artículo de Watson & Crick, publicado el 23 de abril de 1953, aparece uno de los párrafos más famosos e influyentes de la ciencia moderna: «No nos ha pasado desapercibido que el emparejamiento específico que hemos postulado sugiere inmediatamente un posible mecanismo de copia del material genético. Los detalles completos de la estructura, incluidas las condiciones asumidas para su construcción, junto con un conjunto de coordenadas para los átomos, se publicarán en algún otro lugar«. Fue una verdadera bomba de conocimiento que explotó en 1953 y les llevó, junto a Maurice Wilkins, a recibir el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1962. El escritor Matt Ridley recoge el momento eureka en el que se dieron cuenta que el ADN era una doble hélice antiparalela en un tuit publicado estos días, que merece la pena leer.
Pero James Watson es también quien se aprovechó de los resultados no publicados de Rosalind Franklin (la famosa fotografía 51 de difracción de rayos X de un cristal de una molécula de ADN) que le mostró Maurice Wilkins (sin permiso de Rosalind) para interpretar, correctamente, que aquella foto sugería la estructura helicoidal de la molécula. Franklin falleció de un cáncer de ovarios en 1958 (por lo que no pudo formar parte de la terna premiada con el Nobel, y en su lugar se premió a Wilkins, su colega y jefe en el Kings College). Ni Franklin ni Wilkins fueron coautores del artículo de 1953, pero (y esto se olvida muchas veces), sí estaban en los agradecimientos del artículo: «También nos ha estimulado el conocimiento de naturaleza general de los resultados experimentales no publicados y las ideas del Dr. M. H. F. Wilkins, Dr. R. E. Franklin y sus compañeros de trabajo en el King’s College, London«.
Watson fue cruel al describir a Rosalind (a quien se refiere como Rosy) como «altamente competente, pero también carente de sentido del humor, engreída e incluso agresiva» y también como «Es una científica estricta, con temperamentos beligerantes, que no compartía sus resultados y no le importaba mucho su apariencia ni la moda» en su más que famoso librito «The double helix: A Personal Account of the Discovery of the Structure of DNA» (1968). Otros comentarios sexistas sobre Rosalind que realiza Watson en el libro son «Estaba claro que Rosy tenía que irse o ser puesta en su lugar. […] Por desgracia, Maurice no encontró una forma decente de echar a Rosy» o «Sin duda, una pésima manera de salir a la inmundicia de una noche de noviembre era que una mujer te dijera que te abstuvieras de opinar sobre un tema para el que no estabas preparado«. Este fue el primer libro que leí en inglés al comenzar mis estudios de biología en la Universidad de Barcelona, y empezar a tomar clases de inglés (yo soy de la generación que solo recibió estudios de francés como lengua extranjera durante la escuela e instituto, no de inglés). Y recuerdo cómo avanzaba lentamente la lectura del mismo, consultando cada poco el diccionario de inglés-español para entender la riqueza de términos y la diversidad de adjetivos que usó Watson y los sorprendentes (e hirientes) comentarios con los que describía a sus colaboradores.
Hace un par de años, gracias a la investigación realizada por el historiador de la ciencia de la Universidad de Manchester, Matthew Cobb, junto a Nathaniel Comfort (John Hopkins), se ha confirmado que la participación de Rosalind Franklin fue decisiva en el descubrimiento de la estructura del ADN. De hecho, los cuatro científicos: James Waton, Francis Crick, Rosalind Franklin y Maurice Wilkins, deben recibir el crédito por codescubrir la estructura del ADN. Hasta el propio James Watson (y, más tarde, también Crick) acabó admitiendo que sin las imágenes de difracción de rayos X tomadas por Rosalind Franklin no hubieran podido descifrar la estructura del ADN.
James Watson fue también el gran impulsor y primer director del proyecto Genoma Humano (lanzado en 1988), algo que no se suele resaltar suficientemente, a finales de los años 80, contra viento y marea. Hay que recordar que muchos científicos discutían la oportunidad y necesidad de secuenciar el genoma humano, algo carente de interés para muchos de ellos, que seguían apostando que lo que había que hacer es ir gen a gen, estudiando en profundidad cada uno de los genes, y no acumular información sin un objetivo determinado, solo «para tener la secuencia completa del genoma humano». Watson dimitió en 1992 cuando Craig Venter amagó con intentar patentar los genes del genoma humano, algo con lo que Watson no estaba de acuerdo.
Desgraciadamente, para Watson, todo lo anterior ha quedado eclipsado por unas muy desafortunadas declaraciones que realizó en sendas entrevistas que le hicieron en 2000 y 2007. En el año 2000 proclamó que en la melanina de los afroamericanos y personas de piel oscura había elementos que explicaban su mayor líbido «por eso tienes amantes latinos» y soltó una ristra de comentarios asociando la genética con diferentes etnias «los judíos son inteligentes, los chinos son inteligentes pero no creativos debido a la selección para la conformidad, y los indios son serviles debido a la selección bajo la endogamia de castas«. Pero, especialmente, en el año 2007 dijo «todas nuestras políticas sociales se basan en el hecho de que su inteligencia (la de los negros) es la misma que la nuestra (la de los blancos), mientras que todas las pruebas dicen que no es así… las personas que tienen que tratar con empleados negros saben que esto no es cierto«. Estas declaraciones sexistas y racistas le han perseguido hasta su muerte. Tuvo ocasión de desdecirse en varias ocasiones que le preguntaron por ello, pero se mantuvo firme en sus indefendibles ideas. Genio y figura hasta la sepultura.
James Watson tuvo una personalidad compleja. Incluso llegó a vender su medalla del premio Nobel en 2014 por 4,1 millones de dólares (aunque luego quien la compró, un oligrca ruso llamado Alisher Usmanov, se la devolvió) tras ser denostado públicamente por sus ideas, y el dinero que obtuvo lo dedicó a la investigación y a dar apoyo a algunas ONGs. Cometeríamos un error, en mi humilde opinión, si resaltáramos sus comentarios sexistas y racistas e ignoráramos su esencial contribución a la ciencia. De la misma manera que cometeríamos un error si ensalzáramos la vida e ideas de este científico irrepetible. Watson fue una persona fundamental para entender la historia de la bioquímica actual que tuvo comportamientos y manifestó ideas reprochables. Ambas visiones deben coexistir, pero no por decir estas tonterías que dijo le debemos quitar el mérito de codescubrir la estructura del ADN, con toda la carga de aprovechamiento interesado y acceso a datos no autorizados que contenía ese descubrimiento. La influencia de Watson ha sido enorme, para lo bueno y para lo malo. Incluso llegó a inspirar a He Jiankui, con quien coincidió en una conferencia, para que el malvado investigador chino abordara la edición genética de embriones humanos y produjera las primeras personas con su genoma editado. He Jiankui le pidió a Watson que le diera un consejo y James Watson le dijo «make people better«, título del documental sobre el periodista Antonio Regalado (MIT Technology Review) que fue el primero en publicar la noticia del desgraciado experimento de He.
Diversos obituarios han aparecido tras la noticia de su muerte en The New York Times, como el del Laboratorio de Cold Spring Harbor (CSHL), institución que dirigió entre 1968 y 2003, o en la revista Nature, en la BBC, en la revista Time, en Aporia Magazine o en El País. También merece la pena visionar diversos vídeos con entrevistas a James Watson, una entrevista a Watson y a Crick, Watson entrevistado por la Academia Nobel 50 años después de ganar el premio Nobel, una TED talk de Watson, y el trailer de una entrevista en PBS en el que aparece con su hijo Rufus, que padece esquizofrenia. También es recomendable la colección de casi 100 vídeos con recuerdos de su vida y opiniones de James Watson sobre muy diversos temas.
Hay personas que leemos la historia y personas que la escriben. Watson netamente pertenecía al segundo grupo. Descanse en paz.


Sin lugar a dudas fue un científico genial, que abrió nuevos horizontes a la genética y al desarrollo de la humanidad. Le debemos mucho respeto y distinción.
Buen obituario. Opino que en todo lo que hizo, sea ciencia o no, fue poco ético. Lo recordaremos por todo.